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EUROEXIT DE LA UE O RETORNO A LA CEE

A finales del siglo XIX un fantasma recorría Europa, era el del comunismo que dejó tras sí más de 100 millones de muertos, hambre, dictadura y terror rojo, como bien se documenta en “El libro negro del comunismo: crímenes, terror y represión (1997)”, un informe de lectura recomendable editado por Stéphane Courtois, director de investigaciones del Centre national de la recherche scientifique (CNRS). Pero en los tiempos que corren el nuevo fantasma que hace temblar a los países de la UE, tras el derrumbe del Muro de Berlín, es el euroescepticismo.

Oyendo las noticias internacionales, sobre todo en los medios de comunicación europeos menos contaminados de sectarismo que la inmensa mayoría de los españoles, el denominador común es el avance creciente de la opinión euroescéptica entre los ciudadanos. Como un conjuro ante esta evidencia sociológica del desafecto a la UE, se esgrime el espantajo del nacimiento, casi como setas por generación espontanea, de partidos y políticos tildados de populistas. Se olvida que esos partidos son cada vez más votados por los mismos ciudadanos que los politólogos progresistas dicen que no se equivocan nunca, sobre todo cuando votan a partidos de izquierda, a los que califican siempre como progresistas mientras tildan al resto de las propuestas políticas de ser conservadores de ultra derecha o, los más asirocados opinadores, directamente de fascistas, es decir de nacional-socialistas.

El proceso del Brexit ha abierto una caja de Pandora que por ahora nadie puede cerrar y no estoy muy seguro de que alguien lo quisiera intentar. Está poniendo sobre el tapete la que, a mi entender, es la pregunta clave sobre la llamada construcción europea. ¿Realmente se quiere avanzar en la construcción de una UE como una unión política o, como es el caso abiertamente declarado del Reino Unido, se prefiere profundizar en lo que fue su origen y sentido primigenio, sólo una Comunidad Económica Europea?

Oía hace unos días en RNE-5, en el programa “Cinco continentes”, un interesante reportaje sobre el asunto. Dejando a un lado una cierta falta de objetividad, las opiniones de muchos jóvenes europeos, sobre todo de Hungría, Rumanía y Polonia coincidían en lo que ha significado para ellos la libre circulación de personas, permitiéndoles ampliar conocimientos y oportunidades como jamás habían tenido antes. Pero cuando se interrogaba a otras personas sobre su opinión acerca de una mayor integración política, cediendo soberanía a un ente europeo supranacional, aparecía el euroescepticismo y la desconfianza.

Los recelos a lo que una hegemonía franco-alemana supone, aparecían de inmediato. Algunos recordaban, por ejemplo, el poco interés comunitario en atajar los desmanes de los agricultores franceses contra los camiones de fruta españoles. Por supuesto que ese eje político duro París-Berlín que promueve más unión política, rechina en los demás socios comunitarios y produce recelos, desencuentros y una creciente hostilidad ante decisiones polémicas de Bruselas, como puede ser todo lo relativo a la inmigración, acogida y control de fronteras.

Los partidarios de más UE, en el sentido político, se autodenominan de izquierda progresista y sin necesidad de argumentar nada, son los buenos. Los que buscan un mayor bienestar y libertad de comercio dentro de una Comunidad Económica Europea, son menospreciados a pesar de que cada día reciben mayor apoyo popular. En unos días, en las elecciones europeas de las que tan poco se habla a pesar de estarnos jugando una baza importante para nuestro futuro, se verán los resultados y el apoyo a una u otra concepción de Europa, la de la libertad o la de los eurócratas. No se está dilucidando entre Europa sí o Europa no, sino en el modelo de colaboración internacional.

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