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12 DE OCTUBRE: SAN CRISTÓBAL COLÓN PALADÍN DE LA VICTORIA DEL IMPERIO UNIVERSAL CATÓLICO

El título de propiedad de las Indias estaba escrito en la Santa Biblia y firmado por el supremo hacedor.

En los archivos secretos del Vaticano (Archivo Apostólico Vaticano) hay documentos que nos pueden ayudar a esclarecer muchos interrogantes acerca del “descubrimiento” del Nuevo Mundo o de Las Indias. Según los más connotados eruditos esta fue una misión encomendada por Dios al almirante de la mar océana Cristóbal Colón. ¿O quizás era el hijo de Dios encarnado?

Ciencia y religión estaban íntimamente ligadas, los científicos de aquella época hacían parte del clero y para rematar la inquisición se había establecido hacia poco en el reino. Primaban los argumentos religiosos para poner en duda el proyecto de Colón que además se autoproclamó instrumento de Dios. Pero la avaricia rompe el saco y tuvieron que darle su voto de confianza. Este viaje además representaba un interés político y comercial de primer orden pues en aquel tiempo las coronas europeas se disputaban el dominio de los cinco continentes.

Había una gran competencia entre los imperios por dominar las rutas terrestres y marítimas y en especial monopolizar el comercio de las especias como la pimienta, la canela, al clavo, cardamomo o la nuez moscada que tenían un valor incalculable por sus propiedades. Se estimaba mucho el sabor que daba las especias a las comidas, preservantes, condimento para la conservación de la carne o para uso medicinal. Pero no solo eran las especias sino también el algodón, la seda, el índigo, los diamantes, rubíes, perlas, corales, marfil, jade, oro, plata, sándalo, el cedro, teca, ébano o caoba, el quillosiso, la lupuna...  Según consta en las Capitulaciones de Santa Fe firmadas entre Cristóbal Colón y los Reyes Católicos si su aventura llegaba a buen puerto obtendría a cambio el 10% de las riquezas expoliadas y los títulos de Almirante, Virrey y gobernador general. Tan desmedida ambición y codicia era más propia de un avaro mercader o de un consumado negrero, oficio que aprendió cuando acompañó a expediciones portuguesas por de Berbería a sus enclaves comerciales y especialmente en San Jorge de la Mina, en las costas de Ghana.

Recordemos cual fue el mandato que le otorgaron los reyes Católicos al firmar la Capitulaciones de Santa Fe: “descubre nuevos caminos y serás nuestro almirante, serás virrey y gobernador de cuanto descubras, así como tus hijos y descendientes” Después de comulgar Colón con toda la tripulación y tras recibir la bendición de los frailes del monasterio de la Rábida, que fungieron como intermediarios para fletar los navíos, zarparon del puerto de Palos decididos a desafiar el “mare tenebrosum”. Colón arengó a sus intrépidos marinos: “vamos a este viaje, que si salimos con el y Dios nos descubre tierras, yo os prometo por la Corona Real de partir con vos como un hermano” Confiado en los textos de las Sagradas Escrituras y aquellos enigmáticos presagios de los profetas, que él interpretaba como un anuncio de los grandiosos descubrimientos que les esperaba. Realmente sostienen algunos sabios doctores que Colón era un mensajero de la Santa Trinidad y tenía la misión de propagar la verdadera fe por mundos desconocidos.

El 12 de octubre de 1492 tras 58 días de navegación las tres carabelas avistaron tierra firme. Cristóbal Colón fue el primero en desembarcar y emocionado se postró de rodillas en las arenas virginales de la isla de Guanahani y hundiendo con su mano diestra el pendón de Castilla y Aragón exclamó: “Con el poder que me confiere el altísimo tomó posesión de las tierras “descubiertas” en nombre de los Reyes Católicos y el papa de Roma”. Ante esta milagroso acontecimiento Colón le ordenó a Rodrigo de Escobedo (sobrino del confesor de la Reina Isabel la Católica) escribano o notario de toda la armada que redactara un acta para dar fe de que tomaba posesión en nombre de los reyes Católicos de la isla bautizada como San Salvador. “Oremos: señor Dios que dominas los cielos y la tierra y calma las tempestades, te damos gracias” Este vil acto de piratería luego los alquimistas nacional-católicos lo trasmutarían en una heroica epopeya.

Los sabios cronistas y escribanos atribuyen su triunfo a La divina providencia. Definitivamente para materializar su hazaña nuestro paladín se inspiró en los textos de las sagradas escrituras y aquellos enigmáticos presagios de los profetas, que él interpretaba como un anuncio de los grandiosos descubrimientos que les esperaba.

Sus biógrafos ensalzan su noble figura: “hombre de profunda piedad y religiosidad”, lo comparan con Ulises y por sus dotes proféticas con un apóstol de Jesucristo. Nadie podía poner en duda que Cristóbal Colón tras haber vencido los peligros del mar tenebroso era un enviado celestial. Las profecías de Isaías ordenaban a los cristianos: “id mensajeros veloces en naves de papiros, id a la nación sesgada y conculcada, id a reestablecer el verdadero sacrificio”

Tanto en el año 1851 y en 1863 el papa fundamentalista y ultraconservador Pio IX estaba decidido a abrir un proceso de beatificación del Almirante, héroe y embajador de Dios Cristóbal Colón. Con el argumento de que “sus descubrimientos permitieron evangelizar la mitad del planeta” señor Dios que dominas los cielos y la tierra y calma las tempestades te damos gracias” En 1892 el papa León XIII proclamó la encíclica Quarto Abeunte Saeculo que realza la gesta colombina como una inmortal empresa y ordena celebrar un Te Deum solemne el 12 de octubre bajo el lema reivindicativo de “¡Colombus Noster Est!” (Colón es de los nuestros) “Es por sí mismo el más grande y hermoso de todos los tiempos algunos haya visto jamás; y aquél que lo realizó es comparable con pocos hombres por la magnitud de su valor e ingenio. Por obra suya emergió de la más inexplorada profundidad del océano un Nuevo Mundo: cientos de miles de mortales fueron restituidos del olvido y las tinieblas a la comunidad del género humano, fueron trasladados de un culto salvaje a la mansedumbre y la humanidad, y lo que es muchísimo más, fueron llamados nuevamente de la muerte a la vida eterna por la participación en los bienes que nos trajo Jesucristo. ¡Colón es de los Nuestros!” ¿Ese pederasta que se hartó de violar nativas especialmente niñas vírgenes?

No hay ninguna duda de su estirpe mesiánica pues en marzo de 1495 la virgen de las Mercedes ayudó a Colón cuando acompañado por sus huestes invasoras tuvieron que enfrentar la resistencia indígena en la isla la Española. Quisieron retirarse pero fray Juan de Infante, confesor de Colón, que llevaba consigo una imagen de nuestra señora de las Mercedes exhortó a los españoles a seguir combatiendo y así obtuvieron una increíble victoria.

La principal fuente de inspiración del almirante Cristóbal Colón-según su propia confesión- fue la Santa Biblia. La palabra le Dios lo mantuvo sereno en los momentos más aciagos de la travesía. Tras desembarcar en esa “terra incógnita” eufórico el Almirante de la mar océana le escribe una carta al Papa de Roma en la que le comunica la buena nueva de la victoria universal del santo imperio católico, apostólico y romano y solemnemente le promete a su santidad aportar un quinto de las riquezas expoliadas para liberar Jerusalén de las manos de los herejes y recuperar así el Santo Sepulcro. Las expectativas de aumentar el número de fieles cristianos es el mejor regalo que se le puede hacer a la santa madre iglesia de la cual era su más ferviente servidor. Pero lo que realmente obsesionaba a este avaricioso mercader era el oro, la plata y el marfil, las perlas, las esmeraldas, los diamantes y rubíes o las especias y claro, cómo no, los esclavos. De ahí que se haya ganado el deshonroso título del primer tratante de esclavos de América.

¿Tal vez habían descubierto el mismísimo paraíso terrenal al que solo se puede llegar por voluntad divina? Colón se creía elegido por Dios, un ser engendrado y no creado de la misma naturaleza que el padre. Los Reyes Católicos complacidos por su gloriosa epopeya le ordenaron: “sus altezas, deseando que nuestra santa fe católica sea aumentada y acrecentada, mandan al almirante, visorrey y gobernador, que por todas las vías y maneras que pudiere, procure e trabaje atraer a los moradores de dichas islas y tierra firme a que se conviertan a nuestra santa fe católica y para ayuda de ello sus altezas envían allí al devoto fray Bernardo Boyl, juntamente con otros religiosos que el dicho almirante consigo ha de llevar” El 25 de julio de 1493. El Papa Alejandro VI otorgó al fraile Boyl, antiguo ermitaño de Montserrat, facultades extraordinarias como vicario apostólico de las Indias Occidentales.

Colón al no encontrar ni especias ni seda les escribió a los Reyes Católicos para comunicarles que en las Indias había muchos seres de mejores condiciones que los africanos. Entonces, en 1495 envía una flota de cuatro carabelas al mando de Antonio de Torres con un cargamento de 550 esclavos indios para venderlos al mejor postor en la península. Las niñas de 9 y 10 años eran las más deseadas.

Gracias a las Bulas Alejandrinas los reinos castellanos y portugueses recibieron por donación de la Santa Sede apostólica de los justos y legítimos títulos de “señor de las Indias occidentales, islas y tierra firme del mar océano” (el testamento de Adán) La bula de Alejandro VI decretaba: “le damos, concedemos y asignamos a vos rey de Portugal y reyes de Castilla y de León, a vuestros herederos y sus sucesores; y damos, constituimos y deputamos a vos, a dichos vuestros herederos y sucesores de ellas, con libre, llano, y absoluto poder, autoridad y jurisdicción” En sus tres bulas de donación a los Reyes Católicos todas las ciudades y villas tierra de labranza, minas y todos sus habitantes ordenó que se tocara el ángelus tres veces al día. Jehová le hizo la promesa a Abraham de una tierra en heredad para todos sus hijos. El título de propiedad de las Indias estaba escrito en la Santa Biblia y firmado por el supremo hacedor. El lenguaje que utilizan los imperialistas está plagado de eufemismos: no se dice invadir sino tomar posesión; no se dice ladrón sino adelantado; no se dice pirata sino almirante de la mar océana; no se dice genocida sino capitán general; no se dice violador sino eminencia o su alteza Serenísima.

El Tratado de Tordesillas suscrito en 1494 entre los reyes de Castilla y de Aragón y el rey Juan II de Portugal (con el visto bueno del Papa de Roma) delimitaba las áreas de conquista en el Atlántico y las Indias. Es decir, que era una especie de pacto de buena vecindad para definir los límites del reparto sin que hubiera interferencias que provocaran enfrentamientos. Cada reino otorgaba una patente de corso a sus navegantes y conquistadores y se reservaba la mayor parte del botín de guerra: las especias, el oro, la plata, piedras preciosas, perlas, esclavos y señoríos. De alguna manera había que legalizar jurídicamente el robo de tierras por lo que el Papa de Roma dictaminó que “el nuevo mundo se hallaba deshabitado” y que por lo tanto los legítimos propietarios eran los cristianos. Como el poder viene de Dios, Dios ha decidido que el propietario de todas las tierras y el subsuelo es Dios, es decir, su directo heredero el rey de España.

En el medioevo el Sumo Pontífice era considerado Dominus Orbis: en consecuencia, las concesiones realizadas por su santidad a favor de los Reyes Católicos suponían, según ese criterio, una plena justificación de la conquista de las Indias o de cualquier otro territorio. Ese expansionismo es el primer antecedente conocido de la Alianza del Atlántico Norte (OTAN) liderada por EEUU, un imperio también con pretensiones universales. Según las profecías el último imperio -España como centro del universo- antes del fin de los tiempos con el restablecimiento del reino de Dios y el advenimiento de un Papa angélico, y coronado rey del mundo el emperador católico Carlos V. La modernidad en Occidente surge a partir de la invasión del continente americano y Cristóbal Colón se erige como el magnánimo pionero globalizador.

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