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NUEVAS ELECCIONES SIN UN NUEVO SISTEMA ELECTORAL

Es ya una evidencia poco contestable que el actual sistema electoral en España puede producir, de hecho las produce, graves disfunciones y obvias aberraciones en la representatividad. A mi entender, el problema no es que se vote con tanta frecuencia, pues al fin y a la postre votar es lo más democrático que puede existir para dirimir entre opciones si se hace dentro de la ley, la cuestión es que una y otra vez se reproducen similarmente los resultados obtenidos ya por los partidos.

Si esto es así, la solución no es repetir elecciones hasta que por aburrimiento salga el resultado deseado por el convocante. Si un sistema no funciona correctamente, es decir que no permita conformar gobiernos estables, sin pactos contra natura aunque sean del agrado de las nomenclaturas sectarias partidistas, no cabe otra solución que revisar el sistema electoral. Es difícilmente digerible democráticamente que los CEO, directores generales profesionalizados, de las maquinarias de poder y reparto de canonjías que son los partidos políticos, decidan e interpreten según sus propios intereses lo que los ciudadanos han votado en las urnas. Ejemplos de pactos infumables e incomprensibles, los hay para dar y tomar. Suponen una inmensa tomadura de pelo a los votantes, una ofensa a la inteligencia y al sentido común democrático expresado en las urnas.

Para lograr esos insólitos pactos, los grupos parlamentarios, o los correspondientes autonómicos y locales, actúan como una extraña hermandad parecida a la forma de comportarse la “cosa nostra” imponiendo a sus cargos electos silencio y obediencia ciega a lo que dicte la superioridad, según intereses con frecuencia ajenos a los de sus bases. Es más, a veces son contrarios a los definidos en su programa y defendidos públicamente durante la campaña electoral. Es paradójico ver cómo se acepta con toda normalidad esta situación de anulación práctica y practicada de la independencia ética de los políticos, cuando la propia Constitución Española, en su artículo 67.2, afirma que “los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo”. Y el que se mueve, no sale en la foto de las siguientes elecciones. Pero lo peor es que si el político se mantiene fiel a lo pactado en su programa electoral, se le echa del partido y se le considera un tránsfuga, cuando en realidad el tránsfuga ha sido el partido que lo puso en sus listas. ¡Cosas veredes!

Creo que somos ya muchos los que abogamos por un sistema electoral que cumpla una serie de requisitos hoy no contemplados. Uno de ellos es poder elegir a nuestros representantes libremente y no tener que optar unicamente por listas de candidatos, abiertas o cerradas, a propuestas de partidos. Quisiéramos también poder votar a personas independientes que puedan ser legalmente elegibles en sus circunscripciones. Esto podría permitir que se eliminara la asimilación de voz con voto. Una cosa es que todos los electos tengan voz en los parlamentos, lo contrario sería silenciar a las minorías, y otra bien distinta es que el voto de un diputado elegido por unos pocos tenga el mismo valor que el que representa a un número mayor de electores, tal como sucede en los consejos de administración de las sociedades mercantiles, donde el valor del voto de cada consejero es proporcional al número de acciones que representa. Posiblemente, esto sea lo más equitativo.

No es entendible, por ejemplo, que un pequeño número de diputados de un partido con implantación sólo local pueda decidir el gobierno y la gobernación de España entera. En Canarias ya hemos padecido esta situación con los planteamientos localistas de alguna isla en perjuicio de otras. Cabe recordar en este sentido la paralización, por fortuna temporal, de la creación de la ULPGC por parte de un parlamentario de La Gomera. En resumen, o se cambia de raíz el sistema electoral vigente o muy probablemente nos veamos abocados a padecer una inestabilidad política parecida a la italiana, que en unos 100 años ha tenido que soportar 100 gobiernos. Si esto es así, los españoles clamaremos desilusionados como los italianos “¿piove?, ¡porco Governo!”.

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